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Los entrenadores y los padres de hoy II

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Tras un vistazo genérico a los estereotipos de padres peculiares que se ven hoy en día, agradecemos que la gran mayoría de los nuestros, no se puedan incluir en ninguno de estos grupos. Estamos encantados con la colaboración y actitud de la mayoría de nuestros aitas, pero está claro que como todo en la vida, cuando algo chirría, llama la atención mucho más que el buen funcionamiento, por eso debemos ayudar entre todos a corregir cualquier actitud que pueda perjudicar a nuestros equipos y la educación de nuestros hijos.

 

Es lamentable cuando un señor mayor (normalmente amargado por otras razones) riñe a tres adolescentes por estar tranquilamente sentados en el respaldo de un banco comiendo pipas, regañándoles por tan "incívica" actitud. Es más lamentable cuando ese mismo señor se hace el orejas al ver a tres macarras en el banco de al lado, haciendo el vikingo, y molestando a todo pichichi. Algo así sentimos los entrenadores más veteranos, cuando vemos que algún padre incomoda o presiona a los monitores y laguntzailes jóvenes, ante cuya dedicación, cualquier gratitud es poca.

Consejos para los entrenadores que tienen alguno de estos padres en su plantilla

Sin lugar a la más mínima duda, el origen más común de los conflictos entre los padres y entrenador es la diferencia de opinión sobre las habilidades del niño. Cuando nos encontramos en una situación así, nuestra primera reacción debe de ser la de evitar ponernos a la defensiva. Bajo ningún concepto deberemos de huir del diálogo. Escuchemos lo que nos tienen que decir. Intentemos saber lo que piensan y ofrezcámosles nuestros consejos. En realidad no estamos perdiendo nuestro papel. Al fin y al cabo ¿quién es sino el entrenador? Incluso si existiese un desacuerdo radical no perderíamos nada dedicándoles unos minutos para escucharlos. A pesar de todo es imposible complacer a todo el mundo. 

En la mayoría de los casos los problemas que pueden surgir de los diferentes puntos de vista son inintencionados. Los padres -y a veces el entrenador- no se dan cuenta de los problemas que se están causando, no sólo en la relación con el entrenador, sino también en el ambiente general con el resto de los padres. De ahí a las descalificaciones públicas va un paso. Nuestro tacto y diplomacia se ponen a prueba una vez más. Debemos de tener presente que, en su origen, este tipo de actitudes parten de un interés hacia las actividades del niño. Es importante conocer de antemano algunas de las actitudes más comunes y la forma de actuación al respecto en cada una de ellas. 

Padres criticones

El niño es criticado por sistema. Todo lo que hace nunca tiene la calidad suficiente. No importa lo bien que haga las cosas, siempre se le pide más. Sabe que una vez terminado el partido le espera un duro y concienzudo análisis sobre lo realizado. La vuelta a su casa en el coche se transforma en un calvario de críticas y comparaciones. 
La identificación del éxito o el fracaso del niño como propio lleva a este tipo de padres a una actitud excesivamente dura con sus hijos.

En este caso nuestra estrategia de actuación se encaminará por unos derroteros muy delicados. Deberemos de hacer gala de un gran tacto cuando les hagamos ver que una crítica sistemática llevará al niño a actuar por debajo de sus posibilidades y si, con el fin de elevar el nivel de actuación del niño, persisten en el error generarán un círculo vicioso de difícil solución: a mayor estrés peor actuación; tras una actuación deficiente aumento de las críticas; con el aumento de las críticas mayor estrés; a mayor estrés peor actuación... 

Padres desinteresado

Este tipo de padres acude esporádicamente a las actividades de sus hijos y a las reuniones que convocamos.

Nuestro esfuerzo ha de centrarse en averiguar el motivo de ese desinterés. Quizás estén interesados pero existen motivos poderosos para perderse estas actividades (trabajo, enfermedad, etc.). Si fuese así, sería el niño el que necesitase un apoyo extra. 
De no existir un motivo como los anteriormente descritos, debemos de establecer un diálogo con el fin de hacerles ver la importancia que tiene su presencia para el adecuado desarrollo del niño. El deporte es algo más que una actividad para ocupar un tiempo en la vida del niño. Aparte del reconocimiento de sus compañeros y del entrenador, necesitan el apoyo de sus padres. 

Nuestra sombra en la grada

De repente y sin darnos cuenta nos encontramos con que a nuestros jugadores les ha aparecido un nuevo entrenador. Cuando están en el banquillo alguien les llama para darles instrucciones que, en el peor de los casos, contradicen las dadas por nosotros

Nuestra primera intervención será romper la comunicación llamando al jugador para que se acerque a nuestro lado y con una actitud confidencial, apoyando nuestra mano en su hombro, reafirmarle las instrucciones previas recibidas. A continuación le comentaremos lo importante que es que no se distraiga por nada de lo que ocurra fuera de la pista.


En lo que respecta al origen de este problema -el padre en cuestión- no es conveniente dirigirnos a él en ese mismo momento. Todo lo más una mirada lo suficientemente profunda puede tratarse der lo más conveniente por el momento. 

En la conversación privada que estableceremos más tarde con este padre, le haremos saber ante todo que no dudamos de su buena intención y que nos gustaría escuchar su opinión. Seguro que tiene alguna buena idea pero para el niño es muy confuso recibir instrucciones de dos personas a la vez y que la persona encargada de hacérselas llegar tiene que ser el entrenador. 

Padres gritones

¡Cuantas veces hemos visto a un padre desencajado dando gritos a todo lo que se mueve en el campo! Árbitro, técnicos, aficionados y jugadores contrarios... Es igual, le vale cualquier cosa. La cuestión es vociferar. A veces incluso se sitúa tras el banquillo y no le importa lanzar improperios contra el propio entrenador de su hijo.

Para intentar solucionar el problema tenemos que escoger el momento para establecer el diálogo. Una vez más no intentaremos corregir su actitud en el momento en el que se encuentra acalorado. Lo único que conseguiríamos sería convertirnos en su nueva vía de escape -eso si no se ha centrado en nosotros todavía- y distraernos de nuestras obligaciones durante el partido. 

Una buena estrategia es solicitar la ayuda de otros padres para que le den conversación durante el encuentro con el fin de que nos se cierre sobre sí mismo. Más tarde encontraremos el momento en el que dirigirnos a él para decirle, con mucho tacto, que el ejemplo que está dando a los niños no es el mejor, que les distrae y hace que no disfruten con el juego. Que es parte del club y como tal tiene que cuidar la imagen del mismo. 

Si el problema persiste, convirtámoslo entonces en nuestro aliado. Encomendémosle un trabajo que pueda realizar sin necesidad de sentarse en el banquillo tal como llevar estadísticas o cualquier otra cosa que se nos ocurra. Ofrecerle una responsabilidad lo mantendrá ocupado, tranquilo y nosotros ganaremos un colaborador. 

Padres sobre-protectores

En un deporte tan rápido como el nuestro, y de continuos contactos y roces, no es raro encontrase con padres temerosos por mantener la integridad física de sus hijos. Se trata de individuos que se aproximan por primera vez al deporte de equipo. Están constantemente preocupados por el aparente riesgo que sus niños están corriendo y amenazan constantemente con sacar a su hijo del equipo.

Los más peligrosos son los que otorgan a los monitores/entrenadores, toda la responsabilidad sobre la evolución no sólo física, sino también psicológica, y de socialización de sus hijos, sin valorar que están con ellos (en el mejor de los casos) cuatro o cinco horas a la semana. Estos padres son dados a creerse con la certeza de cuándo y cómo hay que tratar a su hijo dentro del equipo, el rol que debe tener, cuándo puede saltarse sus compromisos con el grupo, y hasta en qué puesto y con qué filosofía se debe jugar.

Para empezar a poner remedio al subjetivo miedo de lesiones, intentaremos tranquilizar a este tipo de padres demostrándoles  que, si bien todo deporte conlleva un riesgo intrínseco,  el nuestro no se encuentra entre los más peligrosos ni mucho menos. Que se trata de un deporte seguro y que los niños están suficientemente protegidos tanto por las instalaciones en la que juegan como por las propias reglas del juego. Que mojarse de vez en cuando no encoge, y que jugar con algo de frío no implica congelarse.

Es importante que no haya excepciones en la rigurosa prioridad de la salud (en caso de lesiones y enfermedad) independientemente del momento o la importancia del partido.

Respecto a los padres sobreprotectores, ante "el perjuicio psicológico", debemos tener el convencimiento de nuestra honestidad en el trato a todos los jugadores (independientemente de la importancia deportiva de su rol), y mantener una actitud educada pero asertiva respecto a los padres, pero recordando que la autoridad no es rígida y debe ser flexible, sin miedo a escuchar sus planteamientos, y sin pretender tener siempre "la razón".


EN UNA PLANTILLA, COMO EN CUALQUIER GRUPO, LA PERCEPCIÓN INDIVIDUAL DE CADA UNO ES DIFERENTE, Y DEPENDE ESPECIALMENTE DE LAS EXPECTATIVAS PREVIAS DE CADA UNO. Esto es aplicable a todo el entorno de cualquier equipo: Jugadores, entrenadores, padres, directivos, afición, etc. Hay que ser conscientes de ello, y tener la suficiente habilidad para aunar esas sensibilidades en objetivos comunes.


 

Un jugador puede ser un ingrediente crucial de un equipo, pero un sólo jugador no puede ser todo un equipo.
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